..aquéllas que aprendieron nuestros nombres...
ésas... ¡no volverán!.

La historia sigue, se escribirán en sus páginas otros nombres ilustres, pero, Adolfo Suarez, el político que se nos ha ido, como las oscuras golondrinas de Bécquer, no volverá.

La máquina del cerebro le funcionaba solo un poco. Lo justo como para que el aparato locomotriz y metabólico estuvieran controlados. Ayer, 23 de Marzo, se pararon todas las piezas. La vida del que fuera último presidente del franquismo y primero de la democracia, Don Adolfo Suarez, se apagó. 
Los medios traen al presente, imagen tras imagen, hechos de aquel tiempo. Nos repiten las dificultades para pasar de la legalidad de un régimen vigente que unos pocos querían perpetuar a la de otra que le era contraria. Un malabarismo jurídico que, gracias a la voluntad de un Pueblo con mayúscula, funcionó.
Qué lejos está del de hoy el comportamiento no solo de aquel espectro político, dispuesto a concesiones en aras de la paz y el entendimiento, sino también el de los ciudadanos, que con ejemplo continuo de civismo salían a la calle, ora eufóricos por algún logro social, ora tristes y con rabia por alguna tragedia. De ellas, recuerdo la de la matanza de los abogados de Atocha. En una multitudinaria manifestación estaban, hombro con hombro, la policía y la muchedumbre. Jamás he visto ni he estado después con tanta gente. Un silencio tan sepulcral como los féretros que pasaban a hombros saliendo del Colegio de Abogados era solo roto con tímidos y esporádicos gritos de justicia!. Una mirada bastaba para que los impulsivos callaran su ira. Las reivindicaciones iban implícitas en nuestra presencia. Paz y concordia estaban labradas en el ánimo de una sociedad que aquel hombre que hoy enterramos descubrió como un solo pueblo, una sola España, no dos. 

Adios, Don Adolfo.