Empezábamos ya con Ingreso. Un curso que en mis tiempos lo impartió Don Pedro España, maestro que nos enseñaba todas las asignaturas menos religión, la cual era cosa del cura y consistía en lo habitual de ir a misa el domingo y de vez en cuando confesar.
A excepción de redacción y dictado, materias en las que se hacía hincapié, el examen era oral, y aprobarlo te permitía el acceso al Instituto.

Comenzábamos a temprana edad, como todos los niños que viven con sus padres, de tal manera que algunos, sin haber cumplido todavía once años, ya estábamos en primero de bachiller. En mi caso fue en 1961.
Gran cambio me pareció la figura paternal del maestro comparada con la severa de los profesores. Ya no se hablaba de materias, sino de asignaturas, notas mensuales, disciplina y expediente académico si no obedecías las normas.

Había varios mundos: el de los de Molina, que incluía a los muchachos y muchachas de la localidad y el de los estudiantes -internos y externos-, que distinguía entre quienes estudiaban recluidos en el internado y los que vivíamos con los padres en el mismo Molina o en algún pueblo lo suficientemente cerca como para llegar en bicicleta.
Después estaban las internas y las de Molina. Para quien venía de fuera, tan interesantes serían unas como otras, pero los externos nos decantábamos por las internas, que suponían un misterio, mientras que a las nuestras las conocíamos, y ellas, a su vez, sabían de qué pie cojeábamos nosotros.

En esos mundos existían puntos de intersección. Uno era el Instituto, en el cual nos juntábamos los estudiantes y donde surgían las lógicas amistades de juventud.
Teniendo en cuenta que en clase no se podía hablar, el roce se producía en los recreos. Uno era aquel de once a once y media, el del bocata. Los externos íbamos rápido a buscarlo a casa para volver a ver pasear a las internas y echarnos un cigarro, eso cuando había; si no, pedir una calada a alguien. Otro, el de las seis de la tarde hasta las siete. En invierno, hora en la que se acercaba la oscuridad de la noche, que no recuerdo me gustara mucho. En primavera era mejor. Jugábamos a la dola, al marro, a las bolas, al chirle y cosas así.

Las internas salían el fin de semana, y no todos. Alternaban uno sí y otro no. Paseaban por los Adarves, siempre bajo la atenta y discreta mirada de la Teo, que era quien las vigilaba, y nosotros intentábamos ligar. Con poco éxito, por cierto, y mucho frío en ese ir y venir del Puente Nuevo hasta la esquina del Colegio. A la Alameda, ni se nos ocurría!.

Supongo que en el internado había más contacto, pues eran veinticuatro horas de convivencia. Los externos no estábamos tanto tiempo juntos. En el colegio, el mismo que todos, pero, después, cada uno a su casa.
No digo quedábamos, eso no existía, sino que nos veíamos unos y otros el domingo. En ocasiones con amigos internos, como el de la foto, en la cual estamos Angel Hernandez Herranz -el Frater- y yo junto con uno que creo se llamaba Félix, puede que de Zaragoza. Otras veces con los molineses que no estudiaban el bachiller, sino que iban a las escuelas (se les llamaba así, en plural, y no la escuela).

Junto a los intentos fallidos de ligue, el cine era una de las diversiones principales. En el colegio ponían el domingo una película en el salón de actos. Un proyector de 16 milímetros la mostraba en pantalla.
Con más cortes que el paño de un sastre y múltiples interrupciones, nos reíamos con El Gordo y El flaco, o nos afligíamos con las penurias del niño Joselito en  “El Pequeño Ruiseñor”. Eso sí, todas tenían un final feliz.

Pero para cine, el que se muestra en la foto: El Cine Aguilar. Aquél tenía, además de mucha variación de películas, una dimensión extra: juntarnos con amigos, hablar y cabrear al acomodador sin que te castigaran.
Ya mozalbetes, intentábamos ir con una amiga. No digo invitarla, que en lo que recuerdo se pagaban su entrada, pero entrar con ella. El roce con su brazo, aún siendo leve, transmitía un calor claramente detectable. Si por aquello de haberte acompañado más veces te permitía cogerle la mano, ya era lo máximo. En este caso, la película daba igual.

El curso acababa en junio, los internos, aprobados o no, se iban para casa. Si no se habían dejado ninguna asignatura para septiembre, me imagino su alegría. Y si había que volver y examinarse, bueno, quedaba todo el verano por delante.
Los externos notábamos su ausencia, vuestra ausencia. El consuelo era que en breve vendrían las veraneantas. Baños en el Pozo Ancho, Las Guijarrillas, Rinconcillo, El Puente Morisca o donde pillara. ¿Que estaba fría el agua, de qué?.
Organizábamos guateques. Alguien ponía un tocadiscos a disposición y otros los discos. Ahí se bailaba y había roce. Pero lo que se dice ligar como es debido, nada. Lo único (o más bien) el dolor de huevos después.


Llegaban las Ferias y la idea era, como siempre, vuelta la burra al trigo: ligarse a alguna. Y todos los años lo mismo: Nada! Se pasaban los cinco días y quedaba el vacío. La música a otra parte, las veraneantas a su lugar de residencia y Molina vacía. Nuestro consuelo era entonces que vinieran los estudiantes y las estudiantas (aquí nació el lenguaje inclusivo). Los internos y las internas. Contando los días, se esperaba vuestra llegada. Y grande era la alegría cuando veíamos las primeras caras y las novedades que traían. Recuerdo un valenciano, de apellido Bela, que vino con el disco de los Beatles que contenía la canción Help!. Lo máximo. Buena nota tomó el amigo Ladis de los billares para incluirlo en su máquina de discos.

Y así, curso tras curso, año tras año, fue transcurriendo el periodo de nuestra formación académica. Periodo que hoy nos viene a la mente porque poco a poco la vida se va convirtiendo en recuerdos.
Prevalecen los buenos, pues la naturaleza es sabia y nos ha creado de tal forma que la tendencia es olvidar los malos, aunque no siempre es así y quedan lo que llaman traumas. Alguno podría ser uno de esos intentos de ligue en que parecía que la teníamos en el bote y luego, ¡nada!. Pero como también es verdad que un clavo con otro se saca, con el tiempo han ido apareciendo los que a su vez han ido sacando a los anteriores.

Y aquí estamos.